Albert Molins

OPINIÓN. Por Albert Molins @HGastronomicus

Acabo de llegar de un viaje por Francia. Y ahora mismo, ustedes, que son lectores sensibles o no estarían leyendo Orden45, deberían morir de envidia. Francia es el mejor país del mundo. Y ahora mismo este artículo debería acabar aquí, pues nada más hay que decir al respecto. Eso es así. Francia es el mejor país del mundo y punto pelota.

Siempre he dicho que el día que me jubile, y espero que Dios misericordioso quiera que sea pronto, que me busquen en una casita en el Perigord, con vistas a la Dordogne. Mientras tanto, pienso ir tantas veces como me sea posible. Y ustedes deberían hacer lo mismo. Y además… ¡A comer!. Sí, sí, han oído bien.  Estoy hasta los mismísimos de esta cantinela de que en Francia se come mucho peor que en España. Será una broma, ¿no? Pues no, no lo es y mucha gente cree tal barbaridad.

Obviemos París, que como en todas las grandes ciudades hay de todo y se come regular de media. Denme un billete de 20 euros, bueno dos porque imagino que cada uno de ustedes también va a querer comer, y les prometo que en cualquier zona de Francia les haré llorar de placer. Eso sí, el vino nos lo traemos de casa, porque lo del vino en Francia es un drama. Pero si a caso, eso se lo cuento otro día.

Si me dan un billete de 100 euros, entonces mejor invitamos a unos amigos (o pagamos una botella de vino decente) porque ahí sí que el diferencial se inclina al sur de los Pirineos. Y de alta cocina ahora hablamos. Un momento. Estamos con 20 euros en el bolsillo.

La cocina popular y regional francesa es un bien cultural que los franceses quieren, aman, cuidan, respetan y, sobre todo, consumen. Aquí, por desgracia, languidece y en muchas ocasiones hay que pasarla por el tamiz de la modernidad o de la vanguardia (¡basta ya!) para llenarla de espumas y aires que le son tan ajenos, para hacerla digamos que comercial. Con todas las excepciones que quieran, claro, pero nos hemos vuelto unos esnobs.

Los bistrot, los bouchons o las simples casas de comida en Francia son un monumento gastronómico. Y comer allí cuesta 20 euros.

Y eso sin hablar del respeto por los productos y los productores que hay en Francia. Pero de eso, también, si quieren, les hablo otro día.

Y llegamos a la alta cocina. Hagamos un trato. ¿Nos olvidamos por un momento del precio? Porque eso es verdad, la alta restauración en Francia es tres veces más cara que aquí. ¿Pero de verdad vamos a seguir despreciando a gente como Gagnaire, Passard y Bras? Viejas glorias, me dirán ustedes. Sí, claro. Arzak, Berasategui y Subijana, son tres jovencitos que empiezan. Pero ellos no tienen a un David Muñoz, me dirán. No, es cierto. Ellos tienen un David Toutain que ya fue enfant terrible mucho antes que el chef y propietario de DiverXo.

Hace unos años asistí a un congreso gastronómico, en el que participaban dos  jóvenes cocineros franceses y muchos cocineros jóvenes españoles. Les aseguro que si algún cocinero español asistente se hubiera tomado la molestia de asistir a alguna de las de los franceses, se hubiera muerto de la envidia y de la vergüenza.

Y es que sinceramente. Me hace mucha gracia cuando se habla para mal del chovinismo francés. Yo siempre digo que la bandera más grande que he visto es mi vida es la que hay en la plaza Colón de Madrid.

1 DE JUNIO DE 2014

 

MasArtículosRelacionados1